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Cuando el crimen disputa el poder

Lo que se ha revelado en Santa Cruz, específicamente en zonas residenciales como Las Palmas y el Urubó, es la manifestación visible de una temible estructura criminal con vocación de poder: la red de Sebastián Marset.
18 de marzo de 2026 por
Actualidad Informativa, Reynaldo Rodríguez Cuéllar
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Lo que se ha revelado en Santa Cruz, específicamente en zonas residenciales como Las Palmas y el Urubó, es la manifestación visible de una temible estructura criminal con vocación de poder: la red de Sebastián Marset.

El secuestro en un condominio privado, las irrupciones armadas, los allanamientos múltiples, el decomiso de vehículos de alta gama y equipos informáticos, así como la captura de extranjeros portando fusiles de asalto, no son episodios aislados A ello se suma su expresión más brutal: la ejecución de un joven en el Urubó, bajo características propias de un ajuste de cuentas.

No estamos frente a delincuentes improvisados, hablamos de una organización que:

invierte como empresa

se arma como fuerza irregular

opera como estructura paralela

Fusiles de última generación, munición en volumen, equipos de comunicación encriptada y células de resguardo evidencian una capacidad que desborda el marco del crimen convencional. Esto es, en términos estrictos, acumulación de poder material.

La reacción del Estado —con el desplazamiento del contingente desde La Paz y la activación de cooperación internacional DEA— confirma que la amenaza ha sido reconocida. Pero reconocer no es contener.

La interrogante aún no ha sido despejada con contundencia:

¿Cómo una estructura de este nivel logra operar, expandirse y sostenerse sin fisuras visibles?

Cuando el crimen organizado alcanza:

capacidad financiera millonaria

poder de fuego significativo

despliegue territorial en zonas exclusivas

y posibles niveles de protección o filtración

ya no estamos ante un problema de seguridad pública.

Bolivia ya ha transitado, en anteriores gestiones, por ese tenebroso umbral: una disputa silenciosa por el control efectivo del Estado, donde la bastarda amenaza dejó de ser teórica para comenzar a materializarse.

 

El testimonio de campo es revelador. En un operativo de alta tensión en el norte del departamento, el Cnel. Julio Baldivieso, francotirador profesional, enfrentó a un grupo armado con una advertencia que sintetiza el momento histórico:

 “Si tocan su arma, hijos de puta, les vuelo la cabeza. Nos calmamos todos o aquí morimos todos.”

No es una frase.

Es la evidencia de que la línea entre el orden y el caos se sostiene, muchas veces, en decisiones límite, donde la autoridad debe imponerse no solo con ley, sino con presencia real.

La historia enseña algo invariable: cuando las organizaciones criminales dejan de ocultarse y operan con visibilidad —como ocurre en enclaves de alta conflictividad como la republiqueta del Chapare— no es por descuido. Es porque han alcanzado un nivel de confianza, o de cobertura, que se los permite.

Bolivia no está siendo desafiada por un individuo.

La está poniendo a prueba todo un sistema.

Y los sistemas no se enfrentan con respuestas fragmentadas ni con operativos reactivos. Se enfrentan con:

decisión política

depuración institucional

control efectivo del territorio

El caso del Urubó no es un episodio más.

Es una señal de advertencia.

Una potencial metástasis en gestación.

Porque en el equilibrio entre Estado y crimen organizado hay una regla inmutable:

cuando uno duda, el otro avanza.

Bolivia enfrenta una decisión impostergable:

contener esta amenaza con firmeza…

o permitir, imperdonablemente, que se consolide..

Actualidad Informativa, Reynaldo Rodríguez Cuéllar 18 de marzo de 2026
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